Revisitando
los clásicos: El esqueleto en el escaparate del hospital, del
Dr. Charles E. Butterworth.
Nutrition Today 1974;9:4-8.
Como quiera que el artículo que nos ocupa en esta edición
de los Clásicos de la Nutrición fue escrito y publicado
en la revista norteamericana "Nutrition Today" hace ya más
de 30 años, pienso que es oportuno examinar su relevancia para
los que nos dedicamos actualmente a la práctica de la Nutrición
Clínica.
Y aunque 30 años nos parece una enormidad en términos
de nuestra propia existencia (después de todo, en 1974 yo comenzaba
mis estudios de Secundaria Básica), en el decursar histórico
de la Medicina tal acúmulo de tiempo representa, en verdad, bien
poco. Si no, repasemos algunos de los hitos de las Ciencias Médicas
en este período: las modernas técnicas imagenológicas,
con su capacidad para la reconstrucción tridimensional de órganos
e incluso fetos intra-útero (1, 2); el desarrollo tan vertiginoso
de la Biología Celular y Molecular, que trajo consigo las moléculas
recombinantes, la clonación de células, tejidos y seres
vivos (Hello Dolly! Where are you?), y que culminó con la secuenciación
del genoma humano (3, 4); la introducción en la práctica
diagnóstica diaria de las técnicas inmunoanalíticas
como el Radioinmunoensayo (5, 6), que hicieron posible la refundación
de la Endocrinología como una verdadera especialidad biomédica,
y la identificación de nuevas moléculas con propiedades
hormonales; la identificación de un retrovirus como el agente
causal de una enfermedad debilitante que luego sería llamada
SIDA (8, 9), unida al desarrollo de los medicamentos para el tratamiento
de esta afección; y la irrupción de la Computación
y la Informática en la práctica médica para resultar
en algo tan maravilloso como la Telemedicina, son sólo algunos
entre los más significativos en el desarrollo de la Medicina
como ciencia en el último tercio del siglo que recién
concluyó (el espacio de la columna no alcanzaría para
reseñarlos todos).
Luego, estos fabulosos logros trajeron consigo la percepción
de que no habría frontera en el conocimiento por alcanzar en
la que la tecnología no jugara un papel predominante, e hicieron
que los médicos se olvidaran de las cosas simples de esta vida,
y en particular, de algo tan fundamental para la salud y el bienestar
del ser humano como lo es el estado nutricional.
En aquellos años, la desnutrición era vista como un estigma
consustancial a países subdesarrollados, sociedades en crisis,
o grupos marginales en países más afluentes económicamente
(Nota 1). Así que pensar que la desnutrición podría
también acompañar a las enfermedades, e incluso ser precipitada
y/o perpetuada por las acciones del equipo de salud (como era la tesis
del Dr. Butterworth) era algo peregrino (por decirlo de una manera elegante).
Y no era que la relación entre el estado nutricional del paciente
y el fracaso de la intervención médico-quirúrgica
fuera desconocida del todo. En 1936, un cirujano, el Dr. Hiram O. Studley,
documentó que la pérdida del 20% (o más) del peso
del paciente podía explicar gran parte de las complicaciones
posquirúrgicas que ocurrieran (10). Cannon y cols. (1944) anotaron
el vínculo entre la depleción proteica y la infección
posquirúrgica (11), y Rhoads y Alexander (1955) llamaron la atención
sobre los problemas nutricionales observados en pacientes en espera
de una intervención quirúrgica (12).
Con este artículo, Butterworth introduce el término de
"desnutrición iatrogénica" para describir los
trastornos en la composición corporal del paciente hospitalizado
ocasionados por las acciones (u omisiones) del equipo médico
de atención, a sabiendas de que no era más que un eufemismo
para lo que (en su opinión) realmente era una desnutrición-inducida-por-el-médico.
Para el autor resultaba chocante que el médico (y por extensión,
el equipo básico de asistencia del paciente) no pesquisara tempranamente
y tratara oportunamente los signos de la desnutrición del paciente,
máxime cuando estaba obligado, por su profesión, a proporcionar
el mayor bienestar posible a aquellos que acudían a él
en busca de solución y/o alivio para sus males.
También había una razón práctica para el
tratamiento oportuno de la desnutrición. Butterworth ya había
identificado una relación entre el deterioro nutricional del
paciente hospitalizado y el tiempo y los costos de la estadía
hospitalaria: una vez declarada, la desnutrición agravaba el
estado clínico del paciente, encarecía la asistencia médica
y prolongaba su estancia en la institución, lo que a su vez,
contribuía a acrecentar el deterioro nutricional. Se cerraba
así un círculo pernicioso que en muchas ocasiones conducía
a la muerte del paciente.
A fin de probar la hipótesis anterior, Butterworth exponía
los casos clínicos de 5 pacientes en los que el estado nutricional
no fue reconocido y atendido como se merecía por el médico
de asistencia, a pesar de la presencia de un deterioro nutricional inobjetable,
causado bien sea por la enfermedad de base y/o el internamiento hospitalario
prolongado. Así, el artículo de Butterworth se convierte
en un buen ejemplo de lo que en la actualidad se ha dado en llamar la
"Medicina Basada en Evidencias": no hay evidencia mejor para
demostrar la hipótesis avanzada por el autor que los casos clínicos
observados en la práctica médica diaria, correctamente
documentados. Una indagación clínica cuidadosa, exhaustiva
e inquisitiva, complementada con los exámenes de laboratorio
necesarios y oportunos, hubiera resultado en un diagnóstico exacto,
un tratamiento eficaz, y una mejor atención médica. Pero
seamos honestos: ¿Cuántas veces hemos observado este paradigma?
¿Cuántos casos como los presentados por Butterworth no
hemos visto nosotros también como parte de nuestro diario desempeño?
¿En cuántas ocasiones hemos reconocido tardíamente
la presencia de trastornos nutricionales en nuestros pacientes, sólo
para indicar terapias correctivas caras, engorrosas y, en definitiva,
poco eficaces?
Sin embargo, el punto álgido de la exposición de Butterworth
(y donde radica su perdurabilidad) es la identificación de 14
prácticas asistenciales consideradas por el autor como inaceptables,
por cuanto son atentatorias del estado nutricional del paciente (Tabla
1). ¿Exageración? ¿Animo tremendista? ¿Deseos
de pintar la realidad más negra y sombría de lo que cabe?
¿Es que estas prácticas no han sido superadas hoy, después
de tanto tiempo transcurrido? Si nos remitimos al Estudio Cubano de
Desnutrición Hospitalaria (aún inédito) concluido
en el 2002, con 1905 pacientes encuestados en 12 hospitales de 5 provincias
de nuestro país (6 de ellos en la propia capital), veremos que:
• El 59.0% de los pacientes no se pesa ni se talla al ingreso
(a pesar de que en el 82.0% de las ocasiones se encuentra una balanza
a menos de 50 metros de la cama del paciente).
• El 95.0% de los pacientes no se pesa evolutivamente.
• En el 83.0% de los pacientes no se realizó una determinación
de Albúmina sérica al ingreso.
• En el 84.0% de los pacientes encuestados no hay referencia alguna
al estado nutricional.
• El médico de asistencia no registra el diagnóstico
de desnutrición, a pesar de anotar en la Historia Clínica
la consabida tríada de Anorexia, Astenia, Pérdida de Peso.
Como le ocurre a todos los pioneros, Butterworth no tuvo delante de
sí un camino desbrozado. Su artículo fue publicado en
un momento en que no se había establecido la desnutrición
hospitalaria como el problema de salud que es hoy en día. Las
evidencias sobre la extensión de la desnutrición hospitalaria
eran más bien escasas y fragmentarias. El propio Butterworth
reconoció que no disponía de datos concluyentes para mostrar
la gravedad de este fenómeno epidemiológico. Casi un año
después de la publicación del artículo que estamos
reseñando, Bistrian, Blackburn, Hallowell y Heddle reportaron
el que sería el primer estudio censal de la frecuencia de la
desnutrición en un área hospitalaria, con resultados totalmente
desconcertantes (13).
Y ello nos trae nuevamente al leitmotiv de esta reseña: no es
necesario empeñar tecnologías excesivamente caras para
obtener un perfil nutricional completo del paciente: sólo bastan
una pesa, un tallímetro, una cinta métrica, un calibrador
de pliegues (en honor a la verdad, la única tecnología
cara en este ejercicio), y las determinaciones hematológicas
y bioquímicas de rutina (cuyo costo total no superan la irrisoria
cantidad de $1.00/paciente). Sin embargo, todavía tropezamos
en nuestro quehacer con pacientes que, a pesar de tener hechas imágenes
de TAC, no han sido pesados ni tallados, y en los que se decide administrar
Albúmina al 20% para mejorar su estado nutricional (sic) (!!!???),
sin que conste en la Historia Clínica el valor corriente de la
Albúmina sérica (la concentración plasmática
de esta globulina, determinada a petición del Grupo de Apoyo
Nutricional de la institución en la que estoy insertado, fue
de 33.0 g/L). En este caso particular, el imagenólogo advirtió,
en el informe de la TAC, la (casi) desaparición del panículo
adiposo.
Butterworth tampoco disponía en el momento en que publicó
su artículo de todo el espectro de sondas, catéteres,
bombas de infusión, bolsas de nutrientes listas para usar, y
otros insumos que constituyen nuestras herramientas terapéuticas.
La Nutrición Parenteral estaba aún en su infancia (14),
y ni soñar con la versatilidad que se ha logrado actualmente
con la Nutrición Enteral. Sin embargo, y este es otro de los
mensajes del artículo, una correcta intervención nutricional
no tiene porque ser tecnológicamente demandante (Nota 2).
El artículo de Butterworth estimuló el interés
de los investigadores en buscar estrategias más costo-efectivas
para la identificación y reconocimiento de la desnutrición
hospitalaria, aún cuando los dividendos no se hayan obtenido
inmediatamente. Bistrian y cols. (1974) propusieron el Indice de Excreción
de Creatinina para el diagnóstico de la desnutrición (15).
Buzby y cols. (1980) (16) y Harvey y cols. (1981) (17) desarrollaron
sendos índices pronósticos para incrementar la efectividad
del diagnóstico de la desnutrición y evaluar el riesgo
de desarrollo de complicaciones en el paciente desnutrido. Sin embargo,
no fue hasta 1987 en que Detsky y cols. (18) propusieron la Encuesta
Subjetiva Global (ESG) del estado nutricional del paciente, herramienta
que recoge la percepción subjetiva del examinador después
de documentar la historia de la pérdida reciente del peso, practicar
un interrogatorio orientado y realizar un examen físico somero.
Es justo reconocer que la ESG se ha convertido con el pasar de los años
en el estándar de elección en el reconocimiento de la
desnutrición hospitalaria. 30 años después del
primer reporte de la frecuencia de la desnutrición en un hospital
mediante marcadores bioquímicos y antropométricos, un
estudio muticéntrico, multinacional devolvió estimados
similares de desnutrición hospitalaria después del uso
de la ESG (19).
En cierta medida, el modesto Editorial de Butterworth sirvió
de impulso para la instalación y el desarrollo de la Nutrición
Clínica como una especialidad médica de aplicación,
y con ello, la introducción de la Nutrición Parenteral
y Enteral como herramientas terapéuticas insustituibles en la
provisión de cuidados de salud al paciente en cualquier entorno
en que se encuentre. Asimismo, el artículo de Butterworth fue
el motor impulsor para la aparición de las sociedades profesionales
dedicadas al avance de la Nutrición Clínica. Precisamente,
la Asociación [Norte]Americana de Nutrición Parenteral
y Enteral (ASPEN de sus siglas en inglés) se fundó en
1975. La Sociedad Europea de Nutrición Parenteral y Enteral (ESPEN)
fue establecida pocos años después, en 1980 en Inglaterra.
El artículo de Butterworth mantiene hoy una frescura tal como
si se hubiera escrito hace tan sólo una semana. Gracias a esta
comunicación aprendimos a valorar no sólo las formas primaria
(provocada por la inaccesibilidad al alimento) y secundaria (causada
y asociada a la enfermedad de base) de la desnutrición, sino
también la terciaria, esto es, aquella precipitada y/o perpetuada
por las acciones (u omisiones) de los equipos de salud (20). Por ello,
constituye una muestra de nuestro reconocimiento a la labor del Dr.
Charles E. Butterworth reimprimir su artículo en ocasión
del 30 aniversario de su publicación primera (Nota 3).
Quisiera cerrar esta reseña con 2 citas extraídas de
un artículo posterior de Butterworth para la Revista de la Asociación
Médica (Norte)Americana, en ocasión de la publicación
del trabajo citado de Bistrian y cols.: "No tiene sentido gastar
vastas sumas en ciertas áreas tecnológicamente complejas
mientras que se ignora un aspecto tan fundamentalmente importante como
lo es la Nutrición (...) La existencia de depleción proteica
grave en el 30% de una población hospitalaria (...) parece desproporcionadamente
elevada, no importa el criterio. No hay duda que algunos o incluso muchos
de estos casos pueden ser evitados con los medios existentes corrientemente.
Bajo estas circunstancias, la ocurrencia de aún un solo caso
de desnutrición prevenible en el hospital es excesiva" (21).
Espero que les sea útil.
Con mis mejores afectos,
Dr. Sergio Santana Porbén.
El Editor.
Envíe sus comentarios
y opiniones a la dirección de correo electrónico: gan@hha.sld.cu
Artículo
Acompañante: Santana Porbén S. Comentario al artículo:
El esqueleto en la taquilla del hospital. Butterworth CE. Nutrition
Today 1974;9:4-8.
Esbozo
biográfico: Dr. Charles Edwin Butterworth Jr. [1923 - 1998].
AGRADECIMIENTOS.
Dr. Humberto Arenas Márquez (Guadalajara, Jalisco, México);
Sra. Debra Spadaro, Editora Administrativa de la revista Nutrition;
Lic. Iraida Peña Urrutia y el staff de la Biblioteca del Hospital
Clínico-Quirúrgico "Hermanos Ameijeiras": Estrella
Alvarez Matienzo, Brenda Reyes Padrón, Yamile Ocaña Cedeño,
Zunay Díaz González, Yolanda Godínez Gil.
NOTAS:
(1) De hecho, fue precisamente en 1973 – 1974 en que el mundo
asistió, horrorizado, a las imágenes de las consecuencias
de la sequía y la hambruna en las grandes comunidades humanas
que habitaban el Sahel. El impacto de estos documentos visuales fue
tan poderoso, que en cierta medida condujo al derrumbe de la esclerosada
monarquía del etíope Haile Selassie I.
(2) No se interprete esto con un espíritu iconoclasta. Las tecnologías
de Nutrición Artificial existen para ser usadas en el momento
y escenario que así lo requieran. Lo que se quiere es advertir
sobre el uso indiscriminado y acrítico de insumos que son caros,
y que en ocasiones, pueden convertirse en un factor de agresión
al paciente.
(3) Este artículo fue también reimpreso en ocasión
de su 20 aniversario (Butterworth CE. The skeleton in the hospital closet.
Nutrition 1994;10(5):435-441).
REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS.
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draft sequence. Science 2001;1298-302.
Nota del Editor: El número 5507 (correspondiente al mes de Febrero)
del año 2001 de la revista Science está dedicado íntegramente
al genoma humano. Se presenta, además, una perspectiva histórica
de los avances registrados en la Biología Celular y Molecular.
4. Venter JC, Adams MD, Myers EW, Li PW, Mural RJ, Sutton GG y cols.
The sequence of the human genome. Science 2001;291:1304-51.
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9. Frantz AG, Kleinberg DL. Prolactin: evidence that it is separate
from growth hormone in human blood. Science 1970;170:745-7.
Nota del Editor: En una nota afectiva, debo recordarle al lector que
en aquellos años todavía se discutía la existencia
de la Prolactina humana como una entidad indistinguible biológicamente
de la Hormona del crecimiento. La hiperprolactinemia es hoy reconocida
como la causa de infertilidad en el 30 – 40% de las mujeres con
trastornos menstruales.
10. Studley HO. Percentage of weight loss, a basic indicator of surgical
risk in patients with chronic peptic ulcer. JAMA 1936;106:458-60.
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21. Butterworth CE. Malnutrition in the hospital [Editorial]. JAMA 1974;230:879.
Anexo. Prácticas atentatorias del estado nutricional del paciente
hospitalizado.
1. Falla en registrar el peso y la talla del paciente.
2. Rotación frecuente de los integrantes del equipo de atención.
3. Dilución de las responsabilidades en el cuidado del paciente.
4. Uso prolongado de soluciones parenterales salinas y glucosadas como
única fuente de aporte energético.
5. Falla en registrar los ingresos alimentarios del paciente.
6. Ayunos repetidos debido a la realización de pruebas diagnósticas.
7. Administración de alimentos por sondas enterales en cantidades
inadecuadas, con composición incierta, y bajo condiciones higiénicamente
inadecuadas.
8. Ignorancia de la composición de las mezclas vitamínicas
y otros productos nutricionales.
9. Falla en reconocer las necesidades nutricionales incrementadas debido
a la agresión o la enfermedad de base.
10. Conducción de procedimientos quirúrgicos sin antes
establecer que el paciente está nutricionalmente óptimo,
y falla en aportar el apoyo nutricional necesario en el postoperatorio.
11. Falla en apreciar el papel de la Nutrición en la prevención
y el tratamiento de la infección; la confianza desmedida en el
uso de antibióticos.
12. Falta de comunicación e interacción entre el médico
y la dietista. Como profesionales integrantes de los equipos de salud,
las dietistas deben preocuparse del estado nutricional de cada uno de
los pacientes hospitalizados (Nota del Traductor: Enfatizado en el original).
13. Demora en el inicio del apoyo nutricional hasta que el paciente
se encuentra en un estado avanzado de desnutrición, que a veces
es irreversible.
14. Disponibilidad limitada de pruebas de laboratorio para la evaluación
del estado nutricional del paciente; falla en el uso de aquellos disponibles.
2002 - 2005 © Sociedad Cubana de Nutrición
Clínica
Fecha de Ultima Actualización: Sábado 11 de Noviembre
del 2005.